Aunque debería hacerlo, no se trata de mis disculpas por esta ausencia tan prolongada. Se trata de un incidente terrible, cargado de tensión, de drama, de sacrificio, de valor y de acontecimientos sorprendentes. Vale, a lo mejor exagero un poco. El caso es que si es un incidente digno de ser comentado en este vuestro verdinegro blog.
Como ya algunos saben, y los que no ahora se van enterando, hace poco tiempo volví de Praga. Muchos deben desear detalles de lo que pasó ahí. Pero no es el momento y no es el lugar. El caso es que tras dos semanas maravillosas en este país del Centro de Europa, tuve que volver a enfrentarme a la cruda realidad, que esta vez quería ser más que cruda desagradable, al menos en el acontecimiento vivido.
Llevaba viajando 6 horas (vuelo Praga-París-Málaga) y estaba bastante harto del viaje. Para colmo, fue festivo y era el último día de un puente considerablemente largo, por lo que era bastante evidente que habría mucha gente con la misma intención que yo: tomar un autobús hasta granada sobre las 5 o 6 de la tarde. Llegué con algo de anticipación a Málaga (gracias al viento de cola) y eso me permitió plantarme en la Estación de Autobuses antes de lo previsto (sobre las 1630).
A esto se añadía una enfermedad muy rápida que pillé en Praga. Un virus de estos que duran uno o dos días y que te dejan el estómago revuelto. Si ya mis ganas de volver eran mínimas, aún lo eran menores con esto encima. Por cierto que a quien me contagió le recuerdo que no fue culpa suya y que si hace falta me volvería a contagiar de nuevo una o mil veces y que, a pesar de lo desagrable del incidente, no afecta para nada lo maravilloso de esas dos semanas con ella (y si tiene ganas, y lee esto, que se manifieste en un comentario).
En fin, que con todo esto iba yo arrastrando mi maleta, mi bolsa de mano en estado de alerta (fue reparada en Praga, de aquella forma y como apaño para que aguante un tiempo) y una bolsa de las Aerolíneas Checas con dos cajas de obleas y una botella de agua eslovaca rellena de agua de Málaga supongo. Caminaba en un estado bastante lamentable, pero aguantando el último esfuerzo. Pillé el billete de una máquina expendedora y me puse a esperar porque aún faltaba hora y media para el autobús.
Había tres autobuses. El uno, el dos y el tres. En los billetes electrónicos, el autobús uno no suele aparecer numerado y solo a partir del dos se numera. No así el asiento, que siempre aparece numerado. En esta situación, los conductores del autobús dos y tres me indicaron que mi autobús era el uno. No hace falta ser un genio para creer que el autobús que me tocaba era el uno y lo repito, pese al riesgo de caer en un sketch de los Monty Phyton, mi autobús era el uno. A esto se añadía que claramente ponía que mi autobús era el que hacía la ruta Algeciras-Málaga-Granada, pues los otros dos eran sólamente Málaga-Granada. Parece más que claro que mi autobús era el uno.
Bien, cuando llegó el dichoso autobús uno, los desesperados pasajeros vieron como se abría el maletero y, por razones obvias, nos lanzamos a meter las maletas. Entonces salió el conductor y me gritó, no a todos sino a mi y no lo dijo sino que gritó: "no te atrevas a subir tu maleta, ¿me oyes? no te atrevas". Ante tanto alarde de amabilidad, los demás pasajeros nos quedamos fríos y solo cuando lo autorizó decidimos subir nuestra maleta. Sin embargo, aún me quedaba algo más puesto que no quizo dejarme embarcar porque en mi billete no ponía el número de autobús. Pese a ser el único Algeciras-Málaga-Granada a esa hora, pese a que mi asiento estaba vacío. No hubo manera de convencerlo. Así que me volvió a gritar en esta ocasión dijo "no te subes en este autobús por mis santos cojones y te vas a que te lo arreglen en la ventanilla".
Evidentemente, en ventanilla había una cola del carajo y tardé 15 minutos en llegar a la ventanilla. Tiempo en el que evidentemente el autobús se fue de regreso y yo tuve que esperar otra hora y media para el siguiente autobús (con mi estómago cada vez más revuelto, cada vez más cansado y con una maleta que parecía cada vez más pesada). Pero decidí aprovechar el tiempo rellenando una hoja de reclamaciones. Normalmente no me parece que sirva de algo, pero tenía tiempo de sobra y no muchas ganas de pensar en mi estómago, así que encontré una buena forma de desahogarme.
Por fortuna el tiempo pasó y apareció el autobús, que no tuvo ningún problema con mi billete, encontré a un colega de hace mucho tiempo y vine con una entretenida charla sobre pesetas, 25 duros y teléfonos ladrillo. Luego el autobús a casa y por fin un sitio cómodo. La enfermedad seguía igual pero al menos ya podía descansar tranquilo. La jornada había sido letal pero al menos ya estaba en casa.
¿Porqué contar ahora esta experiencia? Pues porque ayer llegó a mi correo una carta de Alsa. En ella me pedían disculpas por el incidente y que ya habían remitido el expediente a la empresa subcontratada para hacer la ruta (Portillo), para que tomen las medidas correspondientes. No quiero que echen al hombre, de hecho en mi hoja no lo mencionaba, pero si que me gustaba la idea de recibir unas disculpas de parte de la empresa. Efectivamente me ha llegado de parte de Alsa y no descarten que llegue también de parte de Portillo. Efectivamente, estas disculpas no me sirven para absolutamente nada. O mejor dicho sí, porque la verdad es que ahora me siento hasta reconfortado con mi carta de disculpas.
Otro día, más historias.
Como ya algunos saben, y los que no ahora se van enterando, hace poco tiempo volví de Praga. Muchos deben desear detalles de lo que pasó ahí. Pero no es el momento y no es el lugar. El caso es que tras dos semanas maravillosas en este país del Centro de Europa, tuve que volver a enfrentarme a la cruda realidad, que esta vez quería ser más que cruda desagradable, al menos en el acontecimiento vivido.
Llevaba viajando 6 horas (vuelo Praga-París-Málaga) y estaba bastante harto del viaje. Para colmo, fue festivo y era el último día de un puente considerablemente largo, por lo que era bastante evidente que habría mucha gente con la misma intención que yo: tomar un autobús hasta granada sobre las 5 o 6 de la tarde. Llegué con algo de anticipación a Málaga (gracias al viento de cola) y eso me permitió plantarme en la Estación de Autobuses antes de lo previsto (sobre las 1630).
A esto se añadía una enfermedad muy rápida que pillé en Praga. Un virus de estos que duran uno o dos días y que te dejan el estómago revuelto. Si ya mis ganas de volver eran mínimas, aún lo eran menores con esto encima. Por cierto que a quien me contagió le recuerdo que no fue culpa suya y que si hace falta me volvería a contagiar de nuevo una o mil veces y que, a pesar de lo desagrable del incidente, no afecta para nada lo maravilloso de esas dos semanas con ella (y si tiene ganas, y lee esto, que se manifieste en un comentario).
En fin, que con todo esto iba yo arrastrando mi maleta, mi bolsa de mano en estado de alerta (fue reparada en Praga, de aquella forma y como apaño para que aguante un tiempo) y una bolsa de las Aerolíneas Checas con dos cajas de obleas y una botella de agua eslovaca rellena de agua de Málaga supongo. Caminaba en un estado bastante lamentable, pero aguantando el último esfuerzo. Pillé el billete de una máquina expendedora y me puse a esperar porque aún faltaba hora y media para el autobús.
Había tres autobuses. El uno, el dos y el tres. En los billetes electrónicos, el autobús uno no suele aparecer numerado y solo a partir del dos se numera. No así el asiento, que siempre aparece numerado. En esta situación, los conductores del autobús dos y tres me indicaron que mi autobús era el uno. No hace falta ser un genio para creer que el autobús que me tocaba era el uno y lo repito, pese al riesgo de caer en un sketch de los Monty Phyton, mi autobús era el uno. A esto se añadía que claramente ponía que mi autobús era el que hacía la ruta Algeciras-Málaga-Granada, pues los otros dos eran sólamente Málaga-Granada. Parece más que claro que mi autobús era el uno.
Bien, cuando llegó el dichoso autobús uno, los desesperados pasajeros vieron como se abría el maletero y, por razones obvias, nos lanzamos a meter las maletas. Entonces salió el conductor y me gritó, no a todos sino a mi y no lo dijo sino que gritó: "no te atrevas a subir tu maleta, ¿me oyes? no te atrevas". Ante tanto alarde de amabilidad, los demás pasajeros nos quedamos fríos y solo cuando lo autorizó decidimos subir nuestra maleta. Sin embargo, aún me quedaba algo más puesto que no quizo dejarme embarcar porque en mi billete no ponía el número de autobús. Pese a ser el único Algeciras-Málaga-Granada a esa hora, pese a que mi asiento estaba vacío. No hubo manera de convencerlo. Así que me volvió a gritar en esta ocasión dijo "no te subes en este autobús por mis santos cojones y te vas a que te lo arreglen en la ventanilla".
Evidentemente, en ventanilla había una cola del carajo y tardé 15 minutos en llegar a la ventanilla. Tiempo en el que evidentemente el autobús se fue de regreso y yo tuve que esperar otra hora y media para el siguiente autobús (con mi estómago cada vez más revuelto, cada vez más cansado y con una maleta que parecía cada vez más pesada). Pero decidí aprovechar el tiempo rellenando una hoja de reclamaciones. Normalmente no me parece que sirva de algo, pero tenía tiempo de sobra y no muchas ganas de pensar en mi estómago, así que encontré una buena forma de desahogarme.
Por fortuna el tiempo pasó y apareció el autobús, que no tuvo ningún problema con mi billete, encontré a un colega de hace mucho tiempo y vine con una entretenida charla sobre pesetas, 25 duros y teléfonos ladrillo. Luego el autobús a casa y por fin un sitio cómodo. La enfermedad seguía igual pero al menos ya podía descansar tranquilo. La jornada había sido letal pero al menos ya estaba en casa.
¿Porqué contar ahora esta experiencia? Pues porque ayer llegó a mi correo una carta de Alsa. En ella me pedían disculpas por el incidente y que ya habían remitido el expediente a la empresa subcontratada para hacer la ruta (Portillo), para que tomen las medidas correspondientes. No quiero que echen al hombre, de hecho en mi hoja no lo mencionaba, pero si que me gustaba la idea de recibir unas disculpas de parte de la empresa. Efectivamente me ha llegado de parte de Alsa y no descarten que llegue también de parte de Portillo. Efectivamente, estas disculpas no me sirven para absolutamente nada. O mejor dicho sí, porque la verdad es que ahora me siento hasta reconfortado con mi carta de disculpas.
Otro día, más historias.